Thanks to the virus I have known love as it used to be | He conocido el amor como era antes

This story can be read in both English and Spanish (English below)


Esta es una pequeña historia de las numerosas y variadas vivencias que cualquier transeúnte puede contarnos atrincherado tras su tapabocas y su valor! “La noticia estaba confirmada”, aquello que hasta ayer sonaba ta ajeno como lejano, hoy comenzaba a ocupar tímidas frases, párrafos y advertencias por parte de la prensa hablada y escrita: “Una epidemia en una impronunciable población china, al parecer está fuera de control y preocupa a las autoridades sanitarias de la región y… más rápido de lo que nos invadió su mercancía Made in China, sin estrategias de mercadeo ni promociones irresistibles, se adentraba rápidamente en nuestras calles y ciudades, en nuestras casas y seres queridos, en nuestra economía y en nuestra historia.” Así es como recuerda la noticia Salvador, un tímido chico, de pantalones estrechos, piernas arqueadas, andar pausado y cabello oscuro y ensortijado. Recuerdo que regresaba de la facultad, cansado y con la incertidumbre que viene tras un examen preparado casi a conciencia en la última semana: sus 7 días con sus noches. Signos, y síntomas, diagnósticos, prescripciones, todo cuanto había que saber para demostrar que sabía lo suficiente para pasar después del verano a las prácticas hospitalarias.


Photo by Gvantsa Chubinidze


Pasaría por la farmacia en busca del linimento para el reuma que con frecuencia le encargaba su abuela, una mujer angulosa, de rasgos bondadosos, mirada serena y una discreta patojera, que ella misma se había diagnosticado como el reuma, después de su último parto allá por la época de los Beatles y de las masivas manifestaciones de las juventudes con paz, amor y flores!


-“¡Hola!”, le dijo a la nueva dependiente que se aprestaba a atenderlo, saliendo de la trastienda con una enorme caja de paqueticos inadivinables.


-“Vengo por un linimento que siempre llevo de aquí”, cambió su tono a uno más profesional: “para los dolores articulares de mi abuela”.


- “Ah si, debe ser este de la vitrina. Lo llevan mucho, es muy efectivo”


-“Ese mismo, llevaré de una vez dos.”


- “Y que otra cosa necesita llevar? Tenemos todavía alcohol y gel desinfectante para las manos, que se está llevando mucho por lo de la epidemia que parece que ya llegó aquí.”


Salvador recordó la fragmentaria noticia de la televisión de la noche anterior, sobre una infección viral parecida a una gripe, que como aplicado estudiante de medicina, ya era conocedor, más de oídas que “a ciencia cierta”, y según le comentaba su versada abuela que permanecía actualizada al pie de la vieja radio que le había dado el abuelo en su cumpleaños 69, pero que “aún sacaba noticias de última hora”


- “Pues vale, llevo uno que mal no me ha de hacer. Hasta luego.”


No bien había llegado a casa y mientras buscaba el paquete encargado por la abuela, esta le recibe con un baldado de noticias, y más preguntas que certidumbres.


- “¡Pues ha llegado!”


- “Quién?”


- “Pues el Coronavirus doctorcito y hay que prepararse!”


De ahí en adelante, fue un desfile de noticias, medidas preventivas, estadísticas y discursos de la administración pública que parecía no querer atreverse a afrontar inexperta, una situación sin precedentes, que a cualquier administración de cualquier color igual le hubiese quedado grande. A la mañana siguiente, el rector de la universidad, haciendo eco de las medidas de gobierno, emite sus comunicados de suspensión de las actividades académicas e instrucciones, válidas para todo el estudiantado, salvo para los practicantes sanitarios, a quienes les estaba permitido aventurarse al voluntariado y a su sueño de ayudar a salvar el mundo!


Salvador rápidamente se reporta al cuerpo de guardia de su futuro hospital de prácticas, sin tener muy claro que era lo que estaba haciendo, y desoyendo toda precaución que le recomendara su abuela. Armado con su frasco de alcohol y tapabocas, sale a colaborar en lo que se ofrezca. La abuela le rezonga y al tiempo le anima: “anda, ve mientras te dure ese frasco de alcohol, porque tienes que cuidar también de este retazo de mundo que es tu hogar y todo lo que aún tiene por enseñarte esta vieja estudiada en la radio”.


Esa noche, Salvador regresaba no de la facultad, sino del hospital, cansado y feliz de haber sido realmente útil, cuando el país más lo necesitaba, por todo lo aprendido y todo lo que podría aportar al día siguiente. Recuerda a la chica de la farmacia, y se dice, “debo pasar por allí, porque necesitaré mucho desinfectante!”


- “Hola, tienes alcohol?”


- “Aún queda, no mucho pero puedes aprovisionarte todavía.” Le contestó sonriente una pequeña chica que asomaba sus traviesos ojos entre la torre de los frascos de vitaminas, y el linimento para el dolor, mezcla de mentolato, alcanfor y encriptadas recetas de un pasado lejano, que ya solo recordaba el boticario de la esquina, pero que hacía mucho no atendía porque se había ido a una suerte de retiro forzado para recibir baños de mar y sol en una perdida isla que creían pertenecía a las Canarias.


Entre tanto, la ciudadanía, sin entender mucho la importancia de las instrucciones del gobierno, entra en cuarentena, y en todo el ritual que una emergencia de semejante envergadura amerita: desocupar los supermercados, aprovisionarse de jabón y desinfectantes, y a las 10 de la noche del sábado, según lo acordado, salir a los balcones y ventanas a aplaudir a tantos Luises, Marías, Pedros, Auroras y Salvadores que de día en día están en los hospitales haciendo la diferencia.


Entre tanto, la ciudadanía, sin entender mucho la importancia de las instrucciones del gobierno, entra en cuarentena, y en todo el ritual que una emergencia de semejante envergadura amerita...

Fue un gracias muy sentido, y una voz de apoyo a esos héroes cotidianos y silenciosos. Y a la noche siguiente, la chica de la farmacia… Ella le contó que estaba trabajando para pagarse los estudios, y que un día sería una buena farmaceuta. Era encantadora y amable. Con cuanta emoción Salvador aguardaba su turno en la fila de la farmacia, con un metro de separación según las recientes instrucciones de precauciones contra el coronavirus. No podría invitarla a salir. En esta época de pandemia no había restaurantes, ni parques, ni teatros, no podría siquiera rozar sus frágiles manos protegidas con guantes que se aferraban al futuro.


La abuela le veía padecer ese desasosiego del amor, y le tranquilizaba sonriente. Gracias a tu Coronavirus has conocido el amor como era antes: sin prisas, sin brusquedad, con esperanza y con el alma.


Al día siguiente…


- "Hola, … que linda estás! Ahh, y … quisiera llevar un poco más de alcohol."


- "¡Gracias!… El Alcohol ya se nos ha terminado, pero por favor vuelve a preguntar. En estos días, podríamos tener nuevamente."


Fue una promesa! Cada noche… “¿ha llegado el alcohol?” Escucharía su voz dulce, adivinaría su rostro amable, ya no recordaba su sonrisa, y sus labios ahora protegidos con un tapabocas…


¿Cuándo controlaríamos esta pandemia? ¿Cuándo?, ¿Cuándo?, ¿Cuándo podría ver nuevamente sus labios y escucharles pronunciar el anhelado si, cuando le declarase su amor!


Las noticias fueron cada día más esperanzadoras, las estadísticas nos prometían un futuro más próximo de lo vaticinado.


- “Hola Cielo! … Ya tenemos alcohol?”


- “Si, los suministros ya volvieron a la normalidad, y el país también. Cuántos vas a llevar amor mío?” ¡Cuánto había esperado a escuchar esto!, balbucea …


- “¡Llevaré uno!”


- “Solo uno?”


- “Será suficiente, pero mañana vendré de nuevo por otro asunto… necesito … algo más.”


Esta historia fue compartida por Beatriz Vinueza, una cirujana colombiana afincada en Madrid.


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This is a small story of the numerous and varied experiences that any passer-by can tell us entrenched behind his mask and his courage! "The news was confirmed!". What until yesterday sounded as foreign as it was far away, today began to occupy timid phrases, paragraphs and warnings by the spoken and written press: “An epidemic in an unpronounceable Chinese population, is apparently out of control and worries the health authorities of the region and ... faster than all the merchandise 'Made in China' invaded us, without marketing strategies or irresistible promotions, it quickly entered our streets and cities, our homes and beings dear ones, in our economy and in our history.” This is how Salvador recalls the news, a shy boy, with narrow pants, bowed legs, a leisurely gait and dark, curly hair. I remember returning from college, tired and with the uncertainty that comes after an exam revised-for almost thoroughly during the last week: 7 days with its nights. Signs and symptoms, diagnoses, prescriptions, everything there was to know to show that he knew enough to go to hospital practices after the summer.


He would stop by the pharmacy in search of the rheumatism liniment that his grandmother frequently asked him for; an angular woman, with kind features, serene gaze and a niggling complaint, which she herself had diagnosed as rheumatism after the birth of her last child, around the time of the Beatles and the massive youth demonstrations with peace, love and flowers!


- "Hello!", he said to the new clerk who was preparing to attend him, leaving the back room with a huge box of unimaginable packages.


- "I've come for a liniment that I always buy here," he said, while changing his tone to a more professional one: "for my grandmother's joint pain."


- “Oh yes, it must be this one from the showcase. They use it a lot, it is very effective”


- "That same one, I'll take two at once."


- "And what else do you need to take? We still have alcohol and hand sanitizer gel, which is being bought a lot because of the epidemic that seems to have already come here.”

Salvador recalled the news on television the previous night, about a viral infection similar to the flu, about which, though an applied medical student, he was already knowledgeable by hearsay. And since his well-versed grandmother told him, as she kept up-to-date at the foot of the old radio that his grandfather had given her on her 69th birthday that was still breaking the latest news.


- “Well, ok, I’ll take one. It won't hurt in any case. See you later."

No sooner had he arrived home and while he was looking for the package ordered by his grandmother, than she received him with news, and more questions than certainties.


- "Well, it has arrived!"


- "Who?"


- "Well, the Coronavirus doctorcito and you have to prepare!"


From then on, it was a parade of news, preventive measures, statistics and speeches from the public administration that seemed not to dare appear inexperienced, in an unprecedented situation that any administration of any color would have faced. The following morning, the rector of the university, echoing the government measures, issues his communications of suspension of academic activities and instructions, valid for all students, except for health practitioners, who were allowed to venture into volunteering and their dream of helping to save the world!


'“Go on, go while that bottle of alcohol lasts, because you have not only to take care of this little piece of the world that is your home but also everything that this old woman has heard on the radio!"'

Salvador quickly reports to the guard corps of his future training hospital, without having a a very clear idea of what he is doing, and ignoring any precautions his grandmother recommended. Armed with his bottle of alcohol and mask, he goes out to collaborate in what is needed. The grandmother grumbles and encourages him at the same time: “Go on, go while that bottle of alcohol lasts, because you have not only to take care of this little piece of the world that is your home but also everything that this old woman has heard on the radio!"


That night, Salvador returned not from the faculty, but from the hospital, tired and happy that he had been useful, when the country needed him most, for everything he had learned and everything he could contribute the next day. He remembers the girl from the pharmacy, and he says to himself, "I must go there, because I will need a lot of disinfectant!"


- "Hello, do you have alcohol?"


- "There is still some, not much but you can still stock up." A small girl replied smiling with her mischievous eyes poking through the tower of vitamin bottles, and the liniment for pain, a mixture of mentholated, camphor and encrypted recipes from a distant past, which only the corner apothecary remembered, but he had not attended for a long time because he had gone to a sort of forced retreat to receive sun and sea baths on a lost island that they believed belonged to the Canary Islands.


Meanwhile, the citizens, without much understanding the importance of the government's instructions, enter into quarantine, and in all the ritual that an emergency of such a magnitude merits: vacating the supermarkets, stocking up on soap and disinfectants, and at 10pm Saturday, as agreed, going out to the balconies and windows to applaud so many Luises, Marías, Pedros, Auroras and Salvadores who are in hospitals, day by day making a difference.


It was a heartfelt thank you, and a voice of support for those silent, everyday heroes. And the next night, the girl from the pharmacy ... She told him that she was working to pay for her studies, and that one day she would be a good pharmacist. She was charming and kind. With what excitement Salvador waited his turn in the pharmacy row, one meter apart according to the recent precautionary instructions against the Coronavirus. He couldn't invite her out. In this time of pandemic there were no restaurants, no parks, no theaters, he could not even brush her fragile hands with his, protected with gloves that clung to the future.


'He couldn't invite her out. In this time of pandemic there were no restaurants, no parks, no theaters, he could not even brush her fragile hands with his, protected with gloves that clung to the future.'

The grandmother saw him suffer that uneasiness of love, and she reassured him, smiling. Thanks to your Coronavirus you have known love as it used to be: without haste, without abruptness, with hope and with the soul.


The next day…


- “Hello, how beautiful you are! Ahh, and ... I would like to take a little more alcohol”


- “Thank you! ... The alcohol has already run out, but please ask again. Any day now, we could have it again.”


It was a promise! Every night ... "Has the alcohol arrived?" I would listen to her sweet voice, I would divine her kind face, I no longer remembered her smile, and her lips, now protected with a mask ...


When would we control this pandemic? When? When? When can I see your lips again and hear them pronounce the long-awaited yes, when I declared my love to you!


The news was more and more hopeful, the statistics promised us a future closer than expected.


- "Hello Darling! … Do we already have alcohol?”


- “Yes, supplies have already returned to normal, and the country too. How many are you going to take, my love?”


How long had I waited to hear this!, he babbles ... "I'll take one!"


- "Only one?"


- "It will be enough, but tomorrow I will come again for something else ... I need ... something else."


This story was shared by Beatriz Vinueza, a Colombian surgeon based in Madrid.

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